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Artículo en columna periodística
El sueño de una mujer y la OEA

Kalena de Velado, 19 de Noviembre 2006.

En uno de los almuerzos ofrecidos esta semana pasada para las integrantes de la Comisión Interamericana de Mujeres, CIM, perteneciente a la OEA, nos comentaba una participante del Caribe de origen hindú que por primera vez dejaba a sus niñas pequeñas por motivos de trabajo, al tiempo que contaba que su esposo y su madre estaban a cargo. Su situación es similar a la de millones de mujeres alrededor del globo terráqueo debido a la incorporación femenina masiva y creciente en el mercado del trabajo, constituyendo uno de los fenómenos sociodemográficos más importantes de las últimas décadas. Esta tendencia trae como consecuencia el aumento en la dificultad por balancear trabajo y familia, lo cual afecta no solamente a las mujeres trabajadoras, (muchas veces jefes de hogar), sino también a los hombres, quienes disfrutan y participan cada vez más en la tarea de educar a los hijos. El esfuerzo por balancear se intensifica por la fuerte presión de criterios de capacitación profesional asociados a la globalización, produciendo resultados alarmantes: altos índices de divorcio; exceso de horas de televisión en la vida de los niños; mucha rotación de personal; absentismo; poca lealtad; aumento de migraciones.

Sí la mujer busca participar activamente fuera del hogar es porque quiere aportar su ser femenino como un bien para la comunidad, la empresa y la política, al igual que el ser masculino es una riqueza para la familia y debería estar presente en todos los hogares. La participación de la mujer a todo nivel y en todos los campos no debe ser conseguida sobre la base de una forma de “machismo encubierto”, propugnando la exaltación de los valores masculinos y la erradicación de los femeninos, porque esa es una tesis del siglo pasado. Los nuevos movimientos femeninos defienden la específica identidad y trascendental aportación del “genio femenino”. Para realizarse personalmente, la mujer no debe pretender convertirse en una burda copia del hombre ni antagonizar con el sexo masculino. Somos iguales en dignidad y diferentes al mismo tiempo. Es una invitación a asumir la propia esencia femenina sin imitaciones absurdas. El mundo del trabajo necesita de la presencia de la mujer-madre para que ayude a configurarlo en función de la persona y de la familia y no al revés. Se trata de llevar al trabajo lo mejor de la familia y a ésta los valores de excelencia del ámbito laboral.

Investigaciones recientes sugieren que “donde la confianza y las redes sociales florecen, (capital social), los individuos, las empresas, los barrios e incluso las naciones prosperan económicamente. El capital social favorece el clima de respeto a lo derechos humanos y puede ayudar a mitigar los efectos malignos de la desventaja socioeconómica. El desarrollo infantil está fuertemente moldeado por el capital social. La confianza, las redes y normas de reciprocidad dentro de la familia de un niño, la escuela, el grupo de la misma edad y la gran comunidad tienen mayores efectos sobre sus oportunidades y opciones, y por ello sobre su comportamiento y desarrollo…. La familia sólida fundamentada en el matrimonio estable ha sido señalada como un productor efectivo del capital social. (Cohen y Prusak, 2001).

Ya es hora de que se tomen iniciativas para adaptar la legislación y las políticas, tanto en el nivel gubernamental como en el empresarial, a las nuevas necesidades y a las demandas creadas por el sueño grande de cada mujer: balancear familia y trabajo. Necesitamos una nueva cultura que vea la autoridad (el poder) como una forma de servir. El reto de hombres y mujeres es repensar y “construir una sociedad, una empresa con una madre y una familia con un padre” (Nuria Chichilla)



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